es la ira que envuelve el instante
adecuado al tenor
escueto de un alma que no es mía.
Es la ira atendiendo
al esqueleto pútrido y distante
al concierto de relevos
su amor
insólito paisaje de nubes.
Quisiera tener la pregunta
resuelta
atada
pregunta sin sombra
sin ningún olvido
-débil-
carne y humo
carne magra
carne
porque se es tierra en tanto el peligro es sincero
y se queda quieto
y se odia
y se sabe otro,
otro fuera de sí mismo
un quizá sin nombre
un punto fuera del sujeto
sin rostro
sin rostro ha quedado
prensado el corazón
manco de distintas posiciones,
ha quedado porque no me pertenece
porque es un infierno gratuito
ante la tempestad de los olvidados.
Quisiera ser,
ese minuto anterior al dolor,
quisiera atender al instante
quisiera tener ese deseo absuelto
diminuto
recargado a la costra
donde nadie pudiera quitarle
donde nadie,
incluso mi sangre desnuda,
pudiera estudiar el escombro
la reserva
el cerco atado
quisiera,
tan sólo tener una cumbre,
un lugar lejano
un umbral de ocio,
un lugar
donde revelar la pregunta,
el sudor de su negro comprimido
quisiera,
quitar la llaga y hacer encuentro
-quitar las uñas-
y huir de noche
y renombrar el silencio
que si bien este espejo no es más que muerte y la
muerte no es mía
he decidido hacerme epitafio
“Que más,
sino el silencio
aquel de la vida inventada”.
Ha quedado
Más que un dolor
Un amor siniestro
Un cargar de los años tullidos
Un dolor insoluble
Un temor inalcanzable
El temor de ser ésta
La del rostro sin nombre.
Que más
sino este silencio malentendido
la puta
la duda de los años
el amor en silencio
el quizá de un nuevo rostro,
aquel
el del eco y el agua estancada.
Qué más
sino este cuerpo en fuga de sí mismo,
incapaz de utilizar su vientre,
estéril
incluso ante su propia duda.
No me es grato
ya nombrar todo lo que ha acontecido,
no me es fugaz ni impertinente
tener que pedirle al dolor ayuda
pedirle al amor que rasque este cúmulo de huesos
que deje de serse y se quede alejado
que venga entonces cuando sea el tiempo
que venga a contar el papel ahuesado
que vengan
esas palabras insignificantes
el pudor de sombras
y entonces sí
que venga quietito como viene el rastro,
dejado de la huella y atado a una nube
como esa atadura que sólo existe porque hay memoria
porque ni siquiera el nudo se pertenece
a alguna trama o historia de gigantes
porque es nudo y de su raíz no queda nada
Nada
nada más que el tiempo
y un suceso indestructible.
No soy,
sino mujer al borde de un temor callado
latente ante su propia respuesta
-La duda-
soy
ante este manojo de atares,
nervioso de sí mismo
huido a contrarreloj de un espejo que llama
igual que el fuego pero hacia el ardor más profundo
insaciable
que me estira y me regresa al vómito,
a la angustia y al capricho
nada
nada me reconoce
ni siquiera mi propia sombra.
Y por eso me quedo estéril,
huérfana de palabras,
me quedo rota habitando la grieta
habitando el quizá y su más absurdo posible
-callada-
totalmente en silencio
pequeña en un escondite,
dejada a la paja
con la piel entumida
fingida,
porque no existe abismo sino aquel que no se
reconoce,
que no se pertenece y a la vez está extraviado,
del camino
de la voz y el instante
-extraviado del
alma-
extraviado porque la furia es hierba sigilosa
intrépida y cobarde,
pequeña porque así se hace el arresto
la fuga asistida
el instinto de amarte
quizá
en amarte quedará un cimiento construido
el más absurdo de los lugares
un umbral junto a un árbol hermoso
sin lugar
vigilado por un ave de mal agüero
sin vuelo y pérdida
sin rotura ni memoria
quizá,
tendremos donde esperar
tendremos sitio donde pueda llegar el antes y
después de la promesa
la nada
el vacío horroroso
vacío con un recuerdo que le avale
con el cuerpo desnudo
tendido en la hierba
donde tomaré nuevamente tu mano
y nunca más
querré huir
-a pesar de ser
inevitable-
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